El destiempo ha arruinado las mejores jugadas,
las mejores ofensivas,
y las más fuertes defensas.
Un solo error, medio segundo de chance,
y en picada ves desmoronarse ese castillo de cartas
que, al observarlo tan alto, olvidaste qué tan frágil era.
Falta de coordinación,
de previsión,
exceso de confianza,
soberbia de esperanza.
Y el destiempo, el puto destiempo.
Se abusa de las rachas de buenaventura,
aprovecha la bajada de guardia,
el espacio regalado,
la intermitencia del instante, la duda,
y clava su puñal, unos centímetros,
para luego revolverlo.
Sonríe al conocer su victoria,
ahoga carcajadas, porque sabe que ganó.
Cuenta con la bendición de conocerse ganador,
porque sabe que nadie es perfecto,
y es al único que respeta:
a nadie.
No hay nada peor que caer en las garras del destiempo,
porque aprovecha los errores, esos que nos hacen tan
humanos,
esos que nos diferencian de nadie,
que es al único que ese hijo de puta respeta.
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