Ya no le creo a nadie.
Ya no.
Ya no le creo al sol que intenta iluminar,
por más que la oscuridad reine en todo los interiores.
Ya no le creo a la luna
que se precia de alimentar a los poetas desvariados.
Ya no le creo a los poetas,
que no venden más que añoranzas de cosas que no ocurren.
Ya no le creo a Benedetti, ni a Cortázar,
ni siquiera le creo a Sabina cuando se pone romántico ciego.
Ya no creo que nada que tenga que ver con el romanticismo,
porque si se estudia, lo único que se hace es soñar con algo
que no pasa,
con algo que no existe, con algo que no se puede construir.
Ya no le creo a los amores fugaces, ya no le creo a los
amantes desdichados,
catalogo de capricho juvenil al romance Shakespeariano.
Ya no creo en vivir de sueños,
no creo que el ser humano sepa amar más allá del instinto.
Ya no creo que exista magia,
porque los peores magos ya explicaron los trucos de los
mejores.
Ya no te creo a vos, ni a ellos,
y creo, casi a conciencia, que jamás me creí a mi.
Ya no creo en el amor como explicación,
como concepto, como sentimiento ni como solución.
Ya no le creo a nadie.
Ya no creo en nada.
Ya no te creo a vos.
Ya no.
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