jueves, 10 de mayo de 2018

Tu mejor recordador

Un sinfín de experiencias coronadas en una sonrisa de oreja a oreja, y un pequeño hoyuelo del lado derecho con referencia al expectador.
¿Que digo? Con respecto a mi.
Te eleva la vista y te dibuja lentamente esa convención de dientes terminada en ese hoyuelo y es como un golpe seco, silencioso y letal, a lo que existe de tu lógica.
Yo me considero una persona coherente, donde mi inteligencia lógico-matemática siempre tiene un lugar preponderante en mi vida diaria. Hasta que ella aparece.
Lo raro y peculiar de todo esto, es que su existencia no tiene porque solo remitirse a la fisica; no tiene que estar presente para reiniciar mi cerebro, me basta con pensarla.
He ahí mi problema.
Su recuerdo aparece en cualquier momento y mi día se duerme en un ciclo constante y realimentándose en una secuencia inocua : Ella yace con la vista baja, mordiéndose el labio inferior, de un momento a otro levanta su vista, sus ojos se cruzan con los míos y allí aparece mi botón de autodestrucción, en el momento en que esa curva nace en sus labios, me incendio, se me nubla la vista, se apaga mi cerebro y adiós a mi cordura.
Intenté de todo, se los juro..
Me centré en sus defectos, en todos. Intenté exagerarlos, multiplicarlos por cien, mil, por millones. Todo es en vano.
Quise convencerme de que eso es malo para mi, y en eso todos mis yo coincidimos, pero como renunciar a la única droga a la que soy adicto. Cada quien se mata como quiere.
El problema sucede porque el virus sabe que el cuerpo quiere erradicarlo y ataca con más fuerza. Y así comenzó.
Primero con idioteces. Cualquier frase, película, canción, post en redes sociales, la tracionera radio. Todo era un atentado a mi cordura. Empeoró cuando comencé a verla en otras personas: miradas, gestos, sonrisas, estornudos, algún esporádico ataque de tos en un día de humedad.
Luego, las coincidencias, pero no cualquiera, no de un tipo aleatorio. Aparecieron las peores: las numéricas. Encontraba dieciseis lunares en cualquier plantilla, así como la cantidad justa que existen en tu espalda, seis en tu hombro izquierdo. 
Encontré tu algoritmo de risa: comienza con dos "ja" seguidos de una profunda exhalación, si todo va conforme lo esperado, tapás con la punta de tu lengua tus dientes superiores, dibujando una maléfica inclinación sobre tus cejas relajadas.
Traté de convencerme de que no eras real, pero fue inútil. Ya sabía que si existías, porque todo lo que más me gustaba, de todo lo que se relacionaba con vos, eran tus defectos, todos.
Y mi peor maldición: haberte grabado a fuego en mi memoria de elefante.
Ayer se cumplieron cuatro años, mil cuatrocientos sesenta días, treinta y cinco mil cuarenta horas, dos millones cientodos mil cuatrocientos minutos, cientoveintiseis millones cientocuarenta y cuatro mil tic tacs remachando mis recuerdos... Perdón, perdí el hilo.
Hoy hace mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, en la que prometimos seguir hablando. "No te quiero perder", o algo similarmente idéntico rebota como frase de despedida.
Yo no te perdí, soy tu mejor recordador, podría reconstruirte sin manual.
Ayer vi una foto de ella: tu sonrisa, tapada con la lengua, el gesto maléficamente relajado en los ojos, el hoyuelo, tu pelo, tu cuerpo; todo en vos mostraba felicidad.
Incluso el vestido elegante blanco con un tenue tono de amarillo, el peinado rebuscado embellecido por la diadema y el anillo en tu dedo. Es más, hasta el hombre de traje, que besa tu suave mejilla apenas por encima del benemérito hoyuelo, y te hace semicerrar el ojo, muestra tu felicidad excesiva.
Te casaste.
Felicidades.

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